jueves, 21 de agosto de 2014

Angustia...


El Grito, cuadro pintado por Eduard Munch en 1893 


Suena el despertador a las 7:00 a.m., mi costilla que sabe de mi mal despertar, me da un beso y dice: -¡levántate!, no te vayas a quedar dormida.
Por costumbre empecé arrastrar mis pasos hacia la cocina para poner la cafetera, a mitad del pasillo recordé que hoy me está prohibido ese pequeño placer mañanero. Regreso a darme la ducha sabiendo que al salir, el aroma de mi droga no perfumaría mi casa.
Las 8:15, empujo la puerta del hospital, miles de olores, y no a hierba recién cortada… Me pongo en la fila de entregas, diez minutos después busco un lugar donde sentarme, ¡imposible! Cómo puede haber tanta gente enferma, decido no moverme y quedo apoyada en la columna. 8:40 sale mi número en la pantalla, todo mi gozo en un pozo; primer contratiempo… La doctora se había olvidado de marcar en el papel blanco y rojo lo que tenía que pedir en la analítica (¿?)
Empiezo la peregrinación: a la consulta, a planta, etc., etc., por fin en hematología me dicen que espere, ya me atiende... ¡9:30 a.m., y tengo otra prueba a las diez! La doctora pide disculpas, se agradece, y tiene la amabilidad de llamar a una enfermera para no tener que volver por donde vine. Bien, no me entero del pinchazo, sonrisa y manos de ángel. Le entrego los informes para la prueba siguiente, - ¿no tienes pegatinas?… recorro de nuevo el hospital hasta consultas externas. ¡Menos mal!, solucionado y para la próxima prueba no tengo que estar en ayunas.
Paso cerca de la cafetería, el olor a café levanta mi ánimo, sentada en la barra  pido: -uno grande con mucho café y poca leche, ¡ah!, y tres churros. Se esfumó el mal humor, subo por la escalera al segundo piso, todavía quedan muchas horas por delante en el interior de la ballena.
Sentada en una silla de color madera, miro al techo, no quiero que mis ojos se detengan en nadie; no quiero hablar, siempre me oculto detrás de un libro, hoy también hay uno en mi bolso; no tengo ganas de leer.
Son las 11:30 y ya superé dos pruebas más, nada que decir: el instrumental impecable, el personal eficiente. Queda la última prueba y esa es dolorosa, muy dolorosa, aunque te pongan anestesia. Nada más llegar escucho mi nombre… tumbada en la camilla intento ocupar mi mente y volar a lugares hermosos, no puedo, ¡maldita imaginación!, ahora que te necesito… Le devuelvo la sonrisa a la enfermera y parezco tranquila,¡no!, tengo pánico, y soy espectadora del techo. Mientras me hace efecto la anestesia pienso que después de todo lo que observé por mi paseo hospitalario, estoy entre los afortunados y no tengo derecho a quejarme. Llega el doctor, pone los guantes y mientras trabaja yo muerdo los labios, aprieto la camilla con fuerza y sigo mirando al techo tan blanco, ¡lástima!, sería un buen lugar para que los artistas callejeros plasmaran sus obras…- ¡Ya está!, ahora esperar un poco… -Bien, todo bien,  y ya sabe, puede tomar un calmante, nos vemos a finales de mes para los resultados.
Cuando voy a empujar la puerta de salida el reloj marca la 1:45 p.m. En el jardín me siento en un banco, necesito sentir el viento en mi cara. Vuelvo a ser yo, dentro de ese lugar eres un número de historia clínica, no lo digo como queja, no vayan a pensar... hay amabilidad, las atenciones médicas son de primera y el tratamiento está dando buenos resultados, una de las mejores cosas que tiene este bendito país es la Seguridad Social. Respiro profundamente, me desdoblo en dos:  la enferma se queda en algún laberinto de ese enorme hospital y la persona vuelve a casa.
Esta historia se repite, con suerte, cada tres meses; mañana empiezo un nuevo tratamiento, más novedoso, mejor no pensar en los efectos secundarios.  Sinceramente: la inquietud me consume.

4 comentarios:

  1. Realmente son angustiantes todos esos trámites hospitalarios, las pruebas son también incomodas, a veces, pero al fin de cuentas todo sea pos la búsqueda de la salud y el bienestar. Te deseo que todo salga bien.

    Un abrazo.

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  2. Calma, ninguna preocupación cambiará los resultados, suelo pensar que todo estará buien.
    Las cosas malas llegan sin que se las pienses
    Cada uno hace lo que puede, si, hay mucha gente enferma, pobres cada uno con su carga, con su historia de dolor y algunos están pero que nosotras ¡ánimo!
    Que estés bien
    Besos

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  3. Apreciada Alondra
    Has escrito un hermoso pero preocupante relato. Espero que la visita a los médicos sea algo rutinario; que a “la enferma que has dejado en los laberintos del hospital” mi Dios le devuelva la salud y a ti que te dé mucho valor para enfrentar los tratamientos.
    Que las fuerzas positivas te acompañen.
    Un gran abrazo

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  4. Cuanto me suena, esta historia, la que somos en el laberinto de un hospital.Prometo que cada vez que voy y desgraciadamente es muy a menudo me pongo peor...
    Te mando mis fuerzas siempre.
    Me gustaría que me facilitaras el post a tu abuelo por favor, quisiera leerlo, he estado echando un vistazo, pero no lo veo...
    Un beso y vamos luchadora, es lo que nos toca

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