viernes, 20 de julio de 2012

La chica piano...

Pintura de Kunzo Minami


Este año no vendrá a pasar las vacaciones y la vamos a extrañar. Sé que no se enfadará porque cuente la historia, todo lo contrario, ella prefiere leerme cuando mi imaginación habla de emociones.

Se llama Virginia y su separación matrimonial fue muy dura, en nuestras meriendas de los viernes pidió no tocar el tema, eran momentos para desconectar y lo respetamos.

El nombre: "la chica piano" surgió un invierno en la bodeguita donde disfrutábamos de una tabla de quesos y jamón con un vino de la tierra; cuando llegó el camarero a tomar nota de los postres ella pidió tarta de chocolate, ahí supimos que nuestra amiga iba a romper el silencio, jamás pedía postre, su metabolismo la traía por la calle de la amargura, engordaba simplemente con un vaso de agua.

Después del primer trozo de tarta que saboreó despacio el plato quedó vacío en un visto y no visto. Removiendo el café dijo:

- Soy como un piano y estoy harta de que me aporréen y toquen una y otra vez la misma melodía…

La carcajada hizo que fuéramos el centro de atención de otros comensales. Virginia bajó la voz, nos miró con una sonrisa triste y siguió hablando:

-Al principio pensé que era timidez fruto de una educación demasiado religiosa; os juro que lo intenté todo primero con acciones, luego conversaciones, pero fue imposible... siempre sonaba la misma sonata de Beethoven, alguna balada, incluso vals; jamás fue capaz de tocar un chachachá, un tango y por supuesto nada de rock and roll… 
Virginia era profesora de música en el conservatorio pero todas intuíamos que no hablaba de un alumno y nadie rompió el silencio.

-No soñaba con un virtuoso Lugansky, además debo reconocer que soy un piano vertical, pero el posicionamiento de las manos sobre las notas que con un poco de práctica sirve para tocar mecánicamente él lo llevó al extremo, golpeando las mismas teclas sin integración con el instrumento.
Os aseguro que le saqué brillo a diario, puse partituras diferentes para ver si probaba, incluso dejé libros “interesantes” a su alcance, y nada… Tiene todos los elementos para hacer música, pero si ponía melodía faltaba la armonía y el ritmo no producía sonidos…
El silencio era agobiante, no sabíamos que decir, el músico aparentemente era un prodigio y todas creíamos de sobresaliente... Fue Rosa la primera en levantarse y con esa desenvoltura que la caracteriza dijo:

-Esta noche nos merecemos llegar tarde a casa, ahora invito yo a las copas. 

Las cinco nos tomamos de la mano haciendo un círculo sobre la mesa y Virginia con una sonrisa de esas que salen del alma puso la última frase del tema:

-Aprender a tocar un instrumento musical es cuestión de práctica, tiempo y entusiasmo. No volverá a repetir curso sería una tortura, mejor se lo endoso a otra señorita Pepis.

3 comentarios:

  1. Que bella forma de relatar semejante dolor
    Espero que ya superado por la chica del piano
    Besos

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  2. Hola vecina!!!

    Buenas tardes... Una buen relato con una prosa muy poética en la que destaca primordialmente, la chica de piano en el aprendizaje de su vida -haciendo un breve paréntesis- en el dolor que también narras.

    Un fuerte abrazo.

    Feliz Fin de Semana !!!

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  3. Lo importante no son las melodías sino que esté bien afinado. Porque si no na haremos nada. Somos pianos en las manos de Dios

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