jueves, 12 de abril de 2012

Encuentros...

Me llamo Ricardo y nací en una aldea de apenas diez casas, cuando tenía un año me fui a vivir al pueblo que distaba cuatro kilómetros. Mi padre era un madrileño viajante de comercio y como mi madre era modista con la ayuda de mis abuelos aprovecharon el inicio del pret-á-porter y abrieron una tienda de moda.

Me crié entre vestidos y pruebas, el dibujo era mi pasión y para disgusto de mis padres quise ser diseñador de moda. No era una actividad bien vista en un pueblo donde las habladurías estaban prestas a ponerte un nombre, y me enviaron a casa de mis abuelos paternos a Madrid.

Siempre que tengo algún día libre soy de los que regresan a la aldea. Mis padres al jubilarse rehabilitaron la casa familiar y al salir de la carretera general me recibe la iglesia y el campo de la fiesta.

El miércoles por la tarde imaginé que había entierro por la cantidad de coches aparcados, seguí hasta casa de mis padres y como siempre hice sonar la bocina y saludé a tía Leovigilda que en la galería de su casa tomaba el sol. A sus noventa años seguía siendo “gilda”, según cuentan, de padres emigrantes nació en Cuba y vino con diecisiete años, por su alegría y sensualidad llenó los confesionarios de jóvenes y maduros que pasaban noches en vela soñando con aquel fruto,  la famosa película le dio el apelativo.

Bajé la maleta, y como en casa no había nadie abrí la nevera, con un bote de cerveza en la mano salté la valla y fui hacerle compañía a tía "gilda", además le daría la oportunidad de ponerme al día de los dimes y diretes. Nada más le di dos besos y después de decirme:

-Ricardito que ya no tienes edad para andar con coleta, va siendo hora de que te cortes esas greñas.  Empezó a contarme
“Tus padres están en el entierro de Roque el del Pazo, desde el verano estaba muy enfermo y todos los sobrinos se peleaban para cuidarlo. Hace un mes la ambulancia vino a la aldea y se lo llevó al hospital del pueblo. Llevaba allí tres días y quién crees que se presentó con un abogado y hasta con la policía… si, tú te tienes que acordar de él, tenía una beca con los curas de tu colegio y después jugó de portero cuando el equipo del pueblo subió a tercera; si, ese mismo: El Antonio, el de las golosinas, que calvario vivió su madre, el mal nacido del Roque nunca quiso reconocer al hijo, ni cuando la esposa murió de parto y ni el fruto le dejó. Pues como te lo cuento, allí se presentó en la habitación del hospital con un documento para solicitar una prueba de paternidad”…

El domingo, ya de regreso y sabiendo el tráfico que me iba a encontrar a la entrada de Madrid paré en el estanco del pueblo para comprar tabaco para la pipa, con la prensa del día en la mano salía “Tono”, nos saludamos con un fuerte abrazo, al mirarnos para ver como nos habían tratado los años caí en la cuenta del impresionante parecido con Roque. Nos hicimos las preguntas de rigor: ¿te casaste?, ¿tienes hijos?… 

Le conté a Tono que yo seguía siendo un lobo solitario mientras él con orgullo, me habló de su hija que iba a iniciar la universidad. El encuentro resultó grato para los dos y al despedirnos, con una amplia sonrisa me dijo:
-La próxima vez que vengas te invitaré a un buen chuletón de la granja del Pazo, pienso construir allí una casa rural y cuento contigo para que me hagas publicidad por los madriles.

Hoy, me doy cuenta que su vida no debió ser fácil en aquellos tiempos de patrones machistas, de una sociedad encorsetada en la que las coplas de Rafael de León eran osadas historias que descubrían pasiones y romances oficialmente vetados y a los que ponían voz  las folclóricas de moda..

Vives con unas y otras/ y nada te importa de mi soledad/ sabes que tienes un hijo/ y ni el apellido le vienes a dar/ Llorando junto a la cuna/ me dan las claras del día/ Mi niño no tiene padre/ que pena de suerte mía…

En un tiempo donde las mujeres pueden elegir ser madres solteras y no implica ningún trauma para su hijo, incluso sentimos admiración por su fuerza para sacar adelante su responsabilidad; cuesta creer que antiguamente el mismo hecho era una vergüenza para toda la familia. 

Antonio llevaba el apellido de su madre y sinceramente no sé su tragedia personal, para mi era "Tono" el mejor portero de fútbol del colegio y me sentía orgulloso de ser su amigo. Su madre tenía una pequeña tienda de golosinas y me parecía tan dulce como las cosas que vendía. 



3 comentarios:

  1. Asi eran aquellos tiempos que vivimos.
    Entrada critica de momentos que se han ido y que viene bien recordarlos a veces,
    Besos,

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  2. Un hijo siempre necesita un padre y una madre, en aaquellos tiempos vivian con el estigma pero al final eran queridos y protegidos por la familia. Los de hoy niños que crecen sin responsabilidades y consentidos a las pruebas nos remitimos.
    Un blog lleno de emociones.Saludos

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  3. Así eran aquellas épocas Alondra...habían muchas cosas de las que no se hablaba...pero en los pueblos se comentaba por lo bajo y mientras no pasará por allí él o la involucrada...muy buen relato....besoooss

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