miércoles, 15 de febrero de 2012

El abuelo...


Imagen: http://www.jrcasan.com/Renfe/renfe.htm


El día amaneció soleado y el abuelo Manuel, con su boina y su bastón de empuñadura de plata, salió como  cada mañana a pasear para dedicar un espacio a sus recuerdos.

“Abuelo, ¿en qué piensas?

"En el camino recorrido y en el más breve que falta por recorrer”.

Imagino que se pregunta cómo puede tener ya 99 años. Su rostro tallado por los caminos del tiempo y conservando tan frescos los recuerdos: su niñez en el pueblo marinero asturiano, las necesidades de entonces, la época convulsa de la guerra civil…cuántas cosas que nunca hizo y le gustaría haber hecho… El trabajo, ¡ay!, el trabajo… Conserva la amabilidad antigua de los caminantes y va saludando a los vecinos que encuentra.

Su madre había muerto en el parto. Su padre de las tierras áridas de Castilla llegó a Castropol y descargaba pescado en el muelle, mientras a él lo cuidaba un “ama” que lo amamantaba junto a su niña, Rosa,  hermana de leche emigrada a la Argentina.

Cuando estalló la guerra civil, él, maestro liberal, se salvó en el paseíllo de morir en la tapia del cementerio pero no de probar la cárcel. Fue entonces cuando agradeció que las amistades sean producto de un sentimiento y no de una ideología o creencia. No era católico, ni visitaba la iglesia, es más, siempre le llamó: “cuervo negro” pero el cura era su compañero de partida de cartas en la taberna y con quién mantenía largas e interesantes conversaciones, y fue, gracias a su intervención, que pudo salir de aquella mazmorra y cruzar la ría del Eo.

Siguiendo su consejo de no llamar la atención, llegó a un pueblo, nudo ferroviario y consiguió trabajo descargando vagones de carbón. Se enamoró de una joven que tan pronto amanecía llegaba por la vía recogiendo la carbonilla en un capacho de mimbre y se casaron un domingo en la primera misa de la mañana.

Vivían con los padres de ella y una hermana que pronto abandonó la casa para ir a servir junto el abogado del pueblo y como en un cuento de hadas, se caso con el hijo de su patrón. Entonces ellos heredaron la casa y allí fueron naciendo sus siete vástagos. Por la noche y a pesar de su terrible cansancio les enseñaba a leer. En un mapa pegado en una esquina del comedor, les iba cantando los ríos, las montañas, las ciudades y su historia. En papel marrón de envolver quedaban los primeros números y reglas matemáticas.

Cuando llegaban a los 13 años con todo el dolor de su corazón les buscaba trabajo, eran muchas bocas y poco el dinero para comprar comida. La ropa la iban heredando gracias a las serviciales manos de su compañera, que lavaba en las heladas agua del río, y lo mismo remendaba un pantalón que plantaba tomates en la pequeña huerta.

Sus hijos salieron como su bastón: derechos y luchadores. El mayor tuvo que servir a la patria en África, y luego gracias al buen manejo de los números logró un puesto en el economato de la RENFE. El segundo pudo optar al examen de ayudante de juzgado con el padrinazgo de su tío político. El tercero tenía unas manos de artista, pero como no se podía comer con la pintura ni la escultura, se dedicó a la ebanistería, hoy es un  empresario de éxito. La cuarta, se casó con un cajero de banco, pero el destino quiso que se fuera antes que el padre dejándole dos nietos, ¡qué malo eso de sobrevivir a los hijos!... La quinta, se quedó embarazada del novio y los hermanos  hicieron cumplir al hombre poco amante de los compromisos; una vez nació la criatura, emigraron los dos a hacer las américas, dejándole una boquita más que alimentar. La sexta se casó con un vecino, electricista y al poco tiempo los despidió en la estación con rumbo a Zaragoza a una empresa hidroeléctrica.

De allí vino el cuadro de “La Pilaríca” que tiene sobre la cama. Aprovechando que no pagaba tren, con un bocadillo en el bolsillo y una bota de vino, viajó toda la noche sentado en los duros asientos de madera del compartimiento, saboreando un poco de libertad, con la excusa de ver que la hija no pasaba necesidad. “¡Qué  bonita era Zaragoza!” … Él, que se considera ateo cuenta como  lo envolvió la paz en la basílica del Pilar, como disfrutó saboreando historia y mirando el Ebro.

Y así volaban los años… Al séptimo hijo lo pudo enviar al colegio, hacer el ingreso y estudiar comercio mercantil. El abuelo,  Don Manuel como le llaman en el barrio, escribía y leía las cartas a sus compañeros de paladas de carbón, ejerció de maestro en la sombra a cambio de una gallina o unos kilos de patatas; hizo estraperlo con café y se pudo comprar una enorme radio de ojo verde que su mujer tapaba amorosamente con un paño de ganchillo. En la soledad de la noche escuchaba la Pirenaica y lloraba de miedo, de rabia y de impotencia…

Ahora sus nietos militan en partidos políticos de distintas ideas. Sus hijos han salido adelante. Y él, con sus gafas de culo de vaso lee todos los periódicos en la biblioteca del centro social. A pasito lento piensa si… "la historia es el producto de la memoria o del entendimiento... El pasado quedó atrás, para qué reabrir viejas heridas. Los crímenes, crímenes son, los cometiera quien los cometiera. La transición fue de reconciliación, que la historia sirva de aprendizaje. Nunca más, morir o matar  por pensar diferente. Vivir sin miedo, sin odio y en paz.”

(Publicado por primera vez el 05/09/09 con el título "La memoria histórica" en http://unpuentedepalabras.blogspot.com/)

6 comentarios:

  1. Que fuerte historia. Me encantan las de este tipo, las historias de la vida de antes.
    Mi abuelo venia del campo, a la gran ciudad, a Buenos Aires, a buscar un futuro más prometedor para sus hijas.
    El discurso que les dio antes de llegar, fue que nunca vendieron su dignidad a nadie, sabiendo que tendrian que trabajar desde los 14.
    Me ha encadado, saludos!

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  2. Ya me parecìa conocida esta historia! Una historia rica con un contenido muy profundo, que es una inagotable fuente nutritiva para las siguientes generaciones.... todo un aprendizaje!!!

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  3. Que historia!!
    Y que bueno sería aprender a respetarnos aunque nuestras ideas sean diferentes, por aquí la patria anda desgarrada y si bien creo que las heridas sanarán, no se si yo las veré cicatrizadas
    Besos

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  4. miles de gracias querida y admirada poetisa por regalarnos tan bella, profunda y reflexiva historia, muchos besinos con todo mi cariño y admiración.

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  5. En nombre de la memoria histórica se dice,se hace,se juzga habría que preguntarle a los muertos si quieren ser desenterrados, solo son huesos, memoria es la q se guarda en el corazón de los q te quieren y orgulloso tiene q estar tu abuelo.
    Interesante blog saludos de otra ave de paso.

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  6. Ahora la lagrima y el nudo en la garganta , me lo has puesto tu a mi.
    Y comprendo tanto, todo, que estamos orgullosas de estos abuelos de casta y coraje que salieron ''palante''.
    Bravo por tu abuelo, y por todas las personas hermosas, de corazón de oro.
    Gracias por facilitarme la historia. En la que hay detalles que yo en realidad también he vivido.
    Besos amiga mia

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