lunes, 5 de septiembre de 2011

Laberinto heredado...


Las fiestas en los pueblos son lugares de encuentro, costumbres que se conservan en el intento de no perder las raíces de la memoria de las gentes, aunque esa memoria esté llena de historias que por amor, venganza o traiciones, ayudaron a crecer o morir los pueblos.

Primera parte:

La guerra había terminado, la aldea era pequeña; casas viejas, caminos llenos de fango. Los trabajos de labranza de la tierra eran el sustento de las familias. Los hijos nacían y no siempre con un pan bajo el brazo pero si eran más brazos para ayudar en casa.

Amelia y José no tenían la misma escala social. Él, era el heredero, el orgullo de la familia, para casarse tenía una mujer de su casta, con muchas tierras y ganado. Ella, solo era la hija de un campesino que trabajaba la tierra de los señores, la última de cinco hermanos que hacían los duros trabajos en la gran casona.

Aquel verano Amelia y José se miraban y sentían un ahogamiento en el pecho. Llegó Noviembre y en las fiestas de San Martín encontraron el momento y el lugar… Las jarras de vino, la música y sobre todo la noche hicieron de celestinas.

Cuando Amelia supo que estaba embarazada José había vuelto a la universidad y ella acudió al capataz para que se lo dijera. Rogelio, el capataz, la miró con ojos tristes, siempre había estado enamorado de aquella joven que creció jugando y trabajando a su lado. Era un hombre honesto, el sobrino recogido por los señores cuando su madre murió de parto y el padre fue fusilado en la guerra en la tapia del cementerio.

José no quiso saber nada del asunto y la panza de Amelia crecía mientras lloraba por los rincones la desilusión y las amenazas de sus hermanos para que dijera quien era el causante.

Rogelio harto de trabajar a cambio de nada, una noche, a la luz del fuego donde ella cocía la leche para hacer mantequilla y queso se ofreció como autor de los hechos. Se casarían, marcharía hacer las américas y una vez allí la reclamaría.


Se despidieron en la curva de los suspiros, el lugar de la carretera desde donde se veían las casas de la aldea como un belén encajadas en el valle. Rogelio, en los días de mar fue poniendo en orden sus planes. En el camarote dormían diez personas en camas sobrepuestas y no había ni un ojo de buey, el lugar sobre las máquinas del barco era asfixiante, acordándose de lo que dejaba pensó morir, pero ya no había vuelta atrás.

La soledad fue horrible, pero aquella tierra llena de oportunidades necesitaba hombres que no tuvieran miedo al trabajo; dos años después había reunido el dinero para el pasaje de Amelia que llegó con "la Singer" como toda herencia, tomó posesión de aquella habitación con derecho a cocina y pronto la iluminó con las telas de colores de sus clientas.

Segunda parte:


Lola, a sus veinte años la universidad no le sirvió para obtener un título pero si para conocer y casar con Felipe. La aldea creciera con el paso de una carretera general y el padre de Felipe, vendió tierras y le compró a su único hijo la concesión de la farmacia.

Llegaron al atardecer de aquel veranillo de San Martín. La casa que albergaba la botica estaba en la parte comercial del pueblo, haciendo esquina con la plaza principal, todavía del generalísimo, aún no le cambiaran el nombre. Asomada a la ventana del primer piso que le serviría de hogar pensaba que era el momento idóneo para que la estatua ecuestre del dictador se volatilizara ante lo que estaba sucediendo, cosa impensable en los tiempos de aquel muñeco de piedra: un mitin donde caciques e intelectuales juntos, pedían el voto para el referéndum de la Constitución.

Al día siguiente Lola despertó con las bombas de palenque, la pirotecnia era el aviso tempranero para recordar que estaban en fiestas. A las doce repicarían las campanas de la iglesia llamando a la misa del patrón, a continuación saldría en procesión y la banda de música amenizaría la sesión vermout.

Dejó a Felipe haciendo balance en la rebotica, la comida en la casa de los suegros empezaría tarde y le daba tiempo de dar un paseo, necesitaba poner en orden sus ideas. El pueblo estaba muy cambiado, la que en tiempos fue “la casa grande” era ahora un hotelito rural, lleno de turistas con acentos capitalinos. El sendero de hierbas pisadas al lado del río se había convertido en una ruta de paseo con arena, bancos y cercas de madera.

Se apartó de la calle al llegar al primer recodo y siguió una pista de cemento, antes camino polvoriento lleno de piedras que bajaba al río desde el camposanto. Entró al pequeño cementerio y dejó unas margaritas en el panteón donde descansaban sus abuelos. Todavía no sabía que años más tarde estaría allí también su madre… Siguió caminando hasta el viejo ciprés y la roca plana donde de niños tenían su lugar de encuentro para escapar de las miradas de los adultos; la mayoría viejos que se iban encorvando, mirando de vez en cuando el cielo, callados y del color de la tierra de tanto trabajarla.

La familia daba afecto y disciplina. La educación era cosa del maestro que con una vara siempre en la mano iba marcando ríos en un mapa pegado a la pared de la pequeña escuela, donde la estufa de leña caldeaba un poco la estancia y aprendían cantando la tabla de multiplicar.

La otra parte de la educación, de obligado cumplimiento, la adquirían sentados en el banco de la iglesia, con un frío que subía por los pies y hacía castañear los dientes. Las velas chorreaban cera mientras las palabras del cura hablaban de castigo y pecado.

Eran pocos los elegidos para continuar estudios: los hijos del maestro, los que tenían tierras y los que tenían a sus padres en la emigración. Salían del pueblo a internados de la ciudad más próxima, donde otros religiosos llenarían de tabús y normas que ocultaran el progreso de las ideas. No existía ni la privacidad, el correo se repartía un día al mes y siempre abierto. A veces venía una fotografía de un hombre y una mujer a la que se fue añadiendo una niña que tenía mucho parecido con ella, nada significaban, extraños que pagaban la educación y que se miraban con la amargura de las preguntas sin respuesta.

El sol de otoño no molestaba los ojos pero Lola puso las gafas oscuras después de secar las lágrimas que se deslizaron por su cara. Había que regresar al pueblo, a su casa…

Tercera y última parte:


Era el último año santo del milenio. Muchos emigrantes aprovechaban las subvenciones de un gobierno buscando votos y volvían hacer el viaje a su tierra desde el otro lado del atlántico. Mariana animó a sus padres hacer él tantas veces pospuesto y ansiado reencuentro con sus raíces. Cincuenta años luchando contra la melancolía, esa maldición que no les dejaba sentirse parte de la tierra que los acogió…

Habían escogido Noviembre para vivir su propio San Martín, desde la ventanilla del autobús buscaban sus recuerdos en el paisaje diferente; el fatal destino les impidió llegar vivos a la aldea, un mortal accidente en la curva de los suspiros les dejó en la carretera.

La llamada de Lola fue cordial pero sin sentimiento de dolor, normal, para ella eran una imagen de fotografía. Mariana le pidió que los incinerara y enterrara en el sepulcro familiar. Ahora, un año después recibía la invitación para el bautizo de la primera nieta de su hermana. Decidió que era un buen momento para cerrar la puerta del pasado que seguía abierta; hablar de frente y por eso estaba en el aeropuerto con la maleta en la mano. El tiempo de otoño era frío y pasó el siguiente día comprando ropa apropiada. La lluvia caía incesante y aquella tierra de pizarra gris y piedra no le decía nada.

El taxi la dejó en la plaza principal. El pueblo estaba en fiestas y el tráfico a las calles cercanas estaba cerrado. Caminaba despacio mirando todo como siguiendo unas instrucciones mentales. Tomó la calle de la derecha y pasó delante de la terraza del “bar argentino”, y justo al frente encontró la casa de galerías acristaladas que tenía colgado el distintivo de “Farmacia”.

Los pasacalles animaban el pueblo rodeados de chiquillos con globos de colores. ¡Las vueltas que da la vida!, muchos años atrás en aquella fiesta comenzara la historia…
Mariana y Lola, se fundieron en un abrazo interminable… La música, los cohetes explotaban con estruendo pero sus corazones latían mucho más fuerte, con la fuerza de la sangre.


Epílogo:

La tercera generación libre de los fantasmas crecía a un lado y al otro del mar, las heridas habían cicatrizado y ya no las alcanzarían los rencores y los miedos ancestrales. (Fin)

8 comentarios:

  1. Emocionante, limpia y sincera historia con un sencillo final feliz de la mano de unas mujeres dispuestas a sobreponerse a un miedo adquirido.

    Un beso

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  2. Es la historia de tantas historias , mas que la historia de un pueblo y de unas gentes , es la historia de nuestra Galicia profunda , donde el dejar embarazadas era cosa de muy hombres, lacra, que recorrió tan dulces y verdes tierras , y que tu narración tiene la espontaneidad de lo cierto , de lo verdadero , de la realidad de esta tierra de emigrantes , de indianos de gallegos.
    Me has emocionado .
    Un beso

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  4. Historias de todos los pueblos, de aquellos que debieron zarpar. Generaciones con su impronta, seres que nos hicieron lo que hoy somos. Relatos de vida, de mujeres y hombres luchadores.
    Costumbres que aún hoy en pleno siglo XXI se siguen repitiendo, por los menos desde mi propia curva de suspiros.
    Besitosss, un regocijo leerte Alondra querida.

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  5. Emocionante!! bellas historias! Un abraxo

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  6. Mi querida Alondra: ¡Qué de historias guardarán los pueblos! ¡Cuántas lágrimas derramadas y cuantos secretos escondidos!

    No sé si te has inspirado en un hecho real de aquellos que podían contar nuestras abuelas al amor de un brasero o un hogar pero me has dejado enganchada desde el principio.

    Gracias por tu historia, amiga mía.

    Brisas y besos.

    Malena

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  7. Gracias por tus comentarios y tu visita, la puerta la tienes siempre abierta, te escribo esta pequeña nota como agradecimiento, cuando tenga un poquito más de tiempo curioseare un poco por tu casa, :-)).
    Saludos.

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  8. Estas historias están llenas de alegorías y el argumento es de quien entregue la mejor teoría. Indudablemente las imágenes se posa en tus letras, ahora que es mi noche, vino bien, porque con este relato tuyo dormiré lleno de pasajes y caminos.

    un abrazo, tks por compartir.

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