sábado, 22 de enero de 2011

Tesoros del corazón...


En mi niñez no me contaban cuentos, los adultos siempre estaban trabajando. Los niños pasábamos muchas horas frente a un televisor. También leíamos a Mafalda, Supermán, Zipe y Zape, el Pato Donald... Luego, en mi caso, llegaron los libros de Julio Verne en especial, esa Isla Misteriosa de la Colección Juvenil Cadete, Editorial Mateu, que conservo como un tesoro a pesar de su papel desgastado y amarillo.

Los sábados y domingos en la cuarta calle de la Urbanización Las Fuentes, con sus casas coloniales de pequeños jardines se escenificaron mis cuentos infantiles.
Cuando el sol se iba ocultando en el horizonte, en las paredes de los patios quedaba un resplandor naranja que envolvía los árboles de guayabas y las pérgolas llenas de enredaderas con flores. Al igual que muchas otras urbanizaciones caraqueñas era un cúmulo de influencias: nada era ajeno, ni propio, los gustos y sabores se fusionaban bajo la magia positiva del calor y la música.

En la Quinta Florángel vivía Doña Candelaria, para los adultos “La doñita”, para los niños “la abuela”… Toda su vida había transcurrido en Carora, Estado Lara. Había sido cocinera en una casona solariega de una plantación de caña de azúcar, y de tanto escucharla, teníamos una foto mental de sus costumbres de antaño y la arquitectura del lugar; incluso nos parecía estar en el Cerro de la Cruz, cantando con ella las Salves a la Cruz de Mayo y observando la ciudad. El ritmo de sus palabras y su hermosa voz cumplía el dicho de que en cada Caroreño hay un músico presto a un concierto, una fiesta, una parranda casera o una serenata.

“La doñita” salía al jardín y se sentaba en una hamaca después de la siesta, y allí se quedaba a diario dando maíz a las palomas, escoltada por su fiel perro “Flojo” hasta que al caer la noche, sus nietos auténticos, le ayudaban a regresar al sillón de bambú junto a la ventana, sus enormes e hinchadas piernas no tenían la vivacidad de su voz.

Ricardo, ya casi adolescente, era uno de sus cuatro auténticos nietos. Presumido y altanero, siempre quería ser quien organizara los juegos. Además era amigo de los empujones y sus hormonas en ebullición lo tenían como gallo de pelea. Un día que la agarrada nos estaba dejando a las niñas sin lazos, y a los niños con raspaduras después de probar el suelo “la abuela” nos llamó y dijo:

-Descansen mis niños y tomen un poco de limonada, vean que para ser héroe tienen que ser águila y tener una mata de centavos.

Como sus historias nos gustaban mucho, picados por la curiosidad empujamos la verja del jardín y nos fuimos sentando a su lado espantando a las palomas, mientras “Flojo” seguía adormilado asomando la cabeza bajo la hamaca. Y así comenzó…

Había una vez un niño llamado Dominguito, como todo muchacho era muy aficionado a los centavos, bueno esta afición también dura en la vejez, un día en que jugaba con su hermano correteando por la casa, tuvo un pensamiento, una inspiración. Se detuvo y le preguntó a su hermano que se llamaba Ricardo:

-¡Oye!, ¿los centavos nacen?

Ricardo era mayor que Dominguito y todo un hombre de negocios a la hora de comerse las golosinas de su hermano, siempre le decía poniéndole las manos sobre los hombros:

-Mira Dominguito, hagamos un negocio.

-¿Qué negocio?

-Tú me das ahora la mitad de ese dulce y yo te daré uno entero cuando el padrino me dé plata.

-Si, pero que sea bien grande, como éste.

-Está dicho.

Y Ricardo se comía la mitad del dulce; media hora después, por cualquier dime o direte, Ricardo se desligaba del convenio.

Dominguito volvió a preguntar a su hermano:

-¿Ricardo los centavos nacen?

Ante la inusitada pregunta Ricardo entrecerró los ojos y se puso a reflexionar…

-Pues mira, sí nacen.

-Y entonces, ¿dónde están las plantas?

-¡Tonto! muy bien guardadas para que no las roben.

-¿Tú las has visto?

-No, pero me han contado.

-¿Y qué será lo que se siembra?

-Pues deben ser los centavos.

-Ah… pues yo voy hacer la prueba.

-¿Tienes centavos?

-Si, tengo cinco guardados.

-Bueno, vete por ellos y no se lo digas a nadie, es un secreto de los dos.

Ricardo tomó un palo, Dominguito otro, se arrodillaron y emprendieron la obra.

-No muy profundo Dominguito, así está bueno, como para sembrar cebollas.

Hecho el hoyo, Dominguito puso sus cinco centavos y los cubrió con la tierra. Pusieron una señal en el lugar, y ambos se pusieron hacer planes de mil doradas ilusiones para cuando la planta creciera.

Dominguito se acostaba preocupado con aquello, y en sus inocentes sueños veía la planta de centavos grande y llena de racimos de monedas. Todos los días iba a cerciorarse si ya aparecía algún retoño.

Como pasaban los días sin asomar nada, consultó a Ricardo sobre remover la tierra para ver como iban naciendo, Ricardo con cara muy seria decía que no era conveniente, pues se romperían los retoños que debían estar por salir.
Un día, en que venía el heladero con su camioneta musical, Dominguito, creyendo que ya no nacería la planta, corrió al lugar marcado, metió las manecitas en la tierra con febril agitación, abrió un hoyo y otro hoyo, buscó aquí y más allá; rebuscó por todas partes y nada… Mucho tiempo hacía que la semilla, por artes del bribón de Ricardo, había tomado la forma de un paquete de caramelos...

- Ohhhhhhhhhh!!!!!!!, dijimos todos los niños y hasta “Flojo” levantó su cabeza. Y cuando todos mirábamos a Ricardo como si él fuera el autor de la fechoría. La abuela con su voz pausada dijo:

-El cuento sigue… Veinte años después, Dominguito era un verdadero hombre de negocios, un día llamó a su hermano Ricardo y le dijo:

-¿Te acuerdas Ricardo de aquella planta de centavos?

-Ricardo soltó una carcajada, ¡y de los sabrosos caramelos que me produjo también me acuerdo!

-Pues mira, yo he persistido en la idea: la planta de centavos existe. He cultivado este campo con esfuerzo, lo sembré de café, maíz y otros frutos, y ya ves que cosecho centavos todos los días.

Y es que saben mis niños, decía “la abuela”, al final Dominguito tenía razón las plantas de centavos existen. Se siembran en todas partes: en el campo, en las fábricas, en los talleres; se riega con el sudor de la frente y pronto crecen, prosperan, y dan el codiciado fruto. La planta de los centavos es el trabajo

-¿Por qué hay que ser águila para ser héroe?, dijo Ricardo haciéndose el listillo.

“La abuela”, pasando su rugosa mano por la cabeza de su nieto le dijo:

-Las águilas madrugan por eso comen gusanos.

Como siempre, todos íbamos a comenzar a preguntar a la vez cuando sobrevino un trueno y la tarde se puso oscura y tenebrosa. Corriendo nos fuimos a nuestras casas. Ricardo y su hermano pequeño, ayudaron a ponerse en pie a “la abuela”, le dieron su bastón de madera de samán, plegaron la hamaca, y junto a “Flojo” el perro de raza indefinida que sólo se movía cuando lo hacía su dueña (de ahí su nombre) entraron en la quinta Florángel.

Años más tarde supe que "la abuela" hacía su particular versión del cuento popular venezolano La mata de Centavos. En este instante cierro los ojos y siento el aroma a canela… Bien decía Maupassant: "Eres un trocito del paisaje de tu patria en cualquier lugar donde te encuentres"

15 comentarios:

  1. Que hermosos recuerdos, gracias por compartirlos.

    Un beso

    ResponderEliminar
  2. Nadie como las abuelas... con o sin influencias de literatos.
    Un abrazote!

    ResponderEliminar
  3. Un paseo por el pasado muy bien contado que me trae recuerdos parecidos. Saludos.

    ResponderEliminar
  4. Un verdadero placer pasear contigo por tan bonitos recuerdos mi querida hada madrina.
    Besos enorme

    ResponderEliminar
  5. Preciosa anecdota, Alondra. Me acuerda mi propia infancia...
    !Aqui le llamaban la mata de cheles!!!!!

    Un besote

    ResponderEliminar
  6. Leer tu historia me hizopasar un momento delicioso.
    Muchas gracias!
    Besos

    ResponderEliminar
  7. Mi querida Alondra: Es una preciosa historia tan bien relatada que puedes ver a la abuela rodeada de toda la chiquillería con las bocas abiertas de la expectación que creaban las historias.

    Es toda una lección de sabiduría popular.

    Mil besos y mil rosas.

    ResponderEliminar
  8. Fiel a mis paseos semanales, me introduzco por tu pequeña ventana de la mañana, en compañía del alba, cual manantial que emana emociones constantes al leer las entradas que dejas para deleitar la sensibilidad posiblemente acurrucada bajo las espigas doradas de la confraternidad...

    Y quedamente te saludo para que este día sea pleno de dicha y sosiego para ti y para todos los que te siguen.

    Un abrazo de magnolias para ti, que al ser contempladas, te devolverán la belleza de un espacio absoluto...

    María del Carmen

    ResponderEliminar
  9. que lindos tus recuerdos, de alguna forma esos recuerdos de la infancia son los que nos acompañan siempre...

    beso grande

    ResponderEliminar
  10. Lo cuentas de manera que parece que estoy allí viendo a la abuela rodeada de niños, sentada y mirando a un lugar del horizonte mientras cuenta la historia.
    Bonito recuerdo, muy entrañable.

    Besitos.

    ResponderEliminar
  11. Es hermoso abrir la ventana y encontraros, estos días el nido vuelve a estar a rebosar y no puedo dedicaros el tiempo que me gustaría.
    Un abrazo muy grande.

    ResponderEliminar
  12. Mi querida Alondra: Disfruta plenamente de ese nido repleto pues los demás lo que queremos es saberte feliz.

    Mil besos y mil rosas.

    ResponderEliminar
  13. ¡Hola!
    Una bonita historia, y mas por estar en el recuerdo.

    Saludos de J.M. Ojeda.

    ResponderEliminar
  14. ...Y la añoranza es un ejercicio que deberíamos practicar más amenudo. Para reencontrarnos con nosotras mismas.

    ResponderEliminar
  15. Apoyo sobre tu hombro la cabeza de albahaca y miel, para presenciar el color de tus letras que me permiten adivinar los sentidos de tu alma, bajo la bruma de cada párrafo, que hablan de ilusiones vividas a través de un tiempo.

    Que me permiten desearte un fin de semana envuelto por la espuma de rosas blancas cuyo aroma de quimeras sea un presagio de buen descanso.

    Un beso cubierto de sueños...

    María del Carmen

    ResponderEliminar

Un escrito crece con tu comentario. ¡Gracias!