lunes, 6 de septiembre de 2010

La lejanía...


Las fotos pertenecen a http://www.panoramio.com/ realizadas por: vaticano

Es bueno gozar del recuerdo cuando no se puede hacer otra cosa. Eso me ocurrió hoy escuchando un viejo casette que ayer encontré haciendo limpieza en este lugar donde escribo, y que a su vez está en un single de vinilo con dedicatoria que perdió la guerra en la estantería de la música contra los formatos digitales: CD y DVD de mis hijos.

La primera canción que empezó a sonar fue “La Lontananza” de Domenico Modugno, con ella me llegó una pintura difuminada donde una jovencita en altos tacones de plataforma y un vestido minifaldero, caminaba entre las quintas floridas del Paraíso, mientras la ciudad se modernizaba con un descomunal complejo de edificios al que se le dio el nombre de Parque Central.

En aquella época gobernaba Rafael Caldera, todo el mundo pensaba que el país era estupendo. La ciudad, intentaba dejar el patio, la placita del vecindario, la bodega de la esquina, por las modas gringas de espacios cerrados como las tiendas Sear, y la cuarta calle se quedaría sola porque pronto pasaría cerca una de las grandes autopistas de nombre animal con muchas patas: el pulpo, la araña…

De la misma forma convivían dos juventudes: Una con el chip mental de llegar virgen al matrimonio, hacerse respetar y nada de toqueteos con los muchachos; el novio o los amigos se recibían en casa, al cine o a los bailes se llevaba “chaperona”, llamábamos así a la persona que, obligatoriamente, acompañaba a la pareja de novios para evitar tentaciones, resultaba indeseable, pero había que acatarla, era la costumbre de muchos padres como el mío.

La otra juventud tenía colores luminosos, protestaba contra la guerra, las normas sociales asfixiantes y pregonaba el amor libre, la paz e incluso se atrevían con una calada de hierba, la famosa cultura hippie sobre todo después de la concentración de Woodstock.

Paquín para mis padres era un mal ejemplo, y eso que no era de los patoteros que iban en moto con brillantina en el pelo; él tenía un escarabajo rojo, pelo largo, barba y además era mayor; hacía su segundo año en la universidad y lo perseguían chicas con las que podía salir con libertad pero cuando venía a buscar a su hermano, mi compañero de colegio, se fijó en aquella niña de larga melena catira, tímida y que a lo lejos se notaba que bebía los vientos por él.

En los bailes donde sonaba la música de Steve Wonder, los boleros, las guarachas del maestro Frómeta, me sacaban a bailar sus amigos que para mi padre vestían adecuadamente, lo que no sabía era que luego en el centro de la pista cambiábamos de pareja.

Por la semana nos veíamos a escondidas, cuando por la tarde iba a clases de inglés, me enseñó a besar en el zoológico del Pinar y me cuidaba como un jarrón de vidrio que podía romperse, aunque también me abría los ojos a un mundo diferente al de las novelas rosa.

Así llegó mi cumpleaños número diecisiete; la fiesta y los invitados la organizaban los padres y por lo general venían sus amigos y los hijos de sus amigos que no siempre te caían bien, por supuesto ni Paquín ni su hermano estaban invitados.

El cumpleaños coincidió en sábado, en Caracas siempre es primavera por esa razón aunque era el mes de diciembre el día anterior habían venido a poner unas carpas en el jardín. Mi padre era un hombre que debía tener una agenda mental donde no se cambiaba nada y los sábados tocaba mercado en el colorista Quinta Crespo. El día anterior se hacía la lista para la semana y la niña también tenía que ir porque era una lección de economía doméstica.


Paquín, aprovechó que no había nadie en casa y dejó un ramo de flores colgado en la verja de la entrada. Las flores eran como él, sencillas, recogidas en algún descampado y predominaban las lilas. Nada más llegar mi corazón empezó a latir muy fuerte y las tomé amorosamente, no me hacía falta tarjeta, sabía quien era el remitente. Mi padre muy católico pero también muy supersticioso pensó que eran flores de cementerio, alguien nos deseaba algún mal, y me obligó a echarlas en la basura y sin descargar el auto se fue a la cercana iglesia de Coromoto por agua bendita, mientras yo a escondidas guardaba una de aquellas flores lilas entre las páginas de un libro que Paquín me había prestado.


Todavía conservo el libro: Siddhartha de Hernan Hesse, lo traía junto al single de la lontananza cuando tiempo después nos despedirnos; él se marchaba a Paris y yo iniciaría mis estudios universitarios. Había un texto subrayado:

“La mayoría de los seres humanos son como las hojas que caen de los árboles, que vuelan y revolotean por el aire, vacilan y por último se precipitan al suelo.

Otros casi son como estrellas, siguen su camino fijo, ningún viento los alcanza, pues llevan en su interior su ley y su meta.”


Debo reconocer que fue adivino, dijo que yo era de los últimos y que pondría la familia por encima de mi futura profesión, que no lucharía contra molinos de viento. Si se equivocaba y me convertía en una astuta abogada y con el tiempo nuestros caminos volvían a cruzarse, me regalaría un ramo de orquídeas, pero si era una burguesa con familia numerosa haríamos el amor debajo de un puente.

De Juan Antonio Pérez Bonalde:

“Caracas allí está. Sus techos rojos, su blanca torre, sus azules lomas, y sus bandas de tímidas palomas, hacen nublar de lágrimas mis ojos.”

13 comentarios:

  1. Me ha parecido precioso, es curioso como una objeto nos regala tantos recuerdos, sensaciones, olores y sabores, como si por un momento aquellos que fuimos se sentaran a nuestro lado.

    Un beso

    ResponderEliminar
  2. hermoso relato de cosas que nos traen al presente, lindos recuerdos del pasado!
    kissesss

    ResponderEliminar
  3. Objetos, olores, sensaciones maravillosas que nos traen recuerdos como hoy el tuyo. ¡Precioso!
    Un beso enorme

    ResponderEliminar
  4. Preciosos recuerdos, me encantò tu forma de relatarlos,lo disfrutè mucho.
    Herman Hesse también me acompañó mucho, sigue pareciendome bellísimo.
    Un abrazo grande

    ResponderEliminar
  5. Felicidades por el post...H Hesse es maravilloso.Me gusta que me traigan bellos recuerdos. Besotes. Uru.

    ResponderEliminar
  6. Alondra preciosa semblanza, my ajustada a la realidad, hoy un caos pero el Paraíso es el Paraíso y Quinta Crespo es Quinta Crespo,y la araña està y Parque Central tambièn...
    Herman Hessen fue mi compeñero a los 15 años no con Sidartha sino con Narciso y Godmundo que en paralelo a lo subrayado por Paquin Narciso la estrella , la meta , Goodmundo la hoja al viento por cierto se volvieròn a encontrar? orquideas o puentes ? jaja un beso mi bella alondra y gracias por trinar en casa

    ResponderEliminar
  7. Cuando trasteamos en cosas del pasado, siempre encontramos alguna que nos trae recuerdos de entonces, veo que tú has encontrado un disco que te ha traído bonitos recuedos, yo tengo una canción que cada vez que la oígo me trae unos recuerdos muy románticos, creo que te lo he dicho alguna vez, extraños en la noche, esa canción me encanta y no la puedo olvidar.
    Llevas razón en tu comentario a mi entrada, hay muchas clases de corazones, pero no es tu caso, tu corazón está lleno de amor, un corazón que guarda tan bonitos recuerdos no puede ser de hielo ni un corazón duro, tienes un corazón que no te cabe en el pecho.
    Un beso muy grande de esta amiga bloguera que te quiere, hasta pronto, guapisima.

    ResponderEliminar
  8. ¡Hola amigas! gracias por los comentarios, todas habeis coincidido en que los recuerdos vienen de forma inesperada. Leyendo la historia desde fuera me parece imposible que los años pasaran, en el corazón somos mucho de la chica de ayer aunque las carreteras de la vida te vayan influenciando con otros paisajes.
    A Bichita le diré que no, no volvimos a encontrarnos, ¡menos mal!, no me veo a lo Kim Basinger en nueve semanas y media jajajaj.

    Trinos melodiosos para todas.

    ResponderEliminar
  9. "Me acuerdo que nuestras palabras fueron rotas por una sirena que corría lejana, quien sabe donde..." Pues, a mí ne late que la escena de la Basinger fue copiada del Universal, que reportaba las imágenes de una tierna pareja bajo El Pulpo un viernes de madrugada. Justo por este mes tengo en la página del Punto H. una selección de esas viejas canciones. Si, puedes, escúchalas y me comentas. Me debes un café con magdalenas.

    ResponderEliminar
  10. Las modas gringas, a lo Sears.

    besos.

    ResponderEliminar
  11. Alondra que divinooooo lo que has relatado, todo lo que escribes me gusta, pero si tuviera que elegir me quedo con este. Aquí bosquejas tu adolescencia, ese hombre de nombre Paquín que te enseño del amor y hacia sentir que tu corazon latía por una razón más diferente, desconocida, la que de verdad te hacía sentir viva.
    Felicitaciones amiga.
    Besites plumitas muchas para ti.

    ResponderEliminar
  12. ¡Hola Dorian! El olor a café inunda la casa ¿como lo quieres? magdalenas no tengo, pero si un apetitoso bizcocho de queso, es un placer que saltaras el muro.
    Me pasaré por la página, tienes muy buen gusto musical.
    Te envío un abrazo con las alas abiertas.

    ResponderEliminar
  13. Intro: En aquella época se copiaba todo y creo que se sigue haciendo, según comentarios las quintas se convirtieron en bloques de cemento.

    Melody: Siempre guardamos un bonito recuerdo de nuestro primer amor. Paquín no sé donde estará pero estoy segura que siguirá luchando por causas perdidas.

    Besitos

    ResponderEliminar

Un escrito crece con tu comentario. ¡Gracias!